domingo, 14 de agosto de 2016

Un Cuento Japonés


En una pequeña aldea del Japón en una mañana de agosto, un agricultor se afanaba como cada jornada diaria, en regar y mantener su huerto, diría yo;  las hortalizas y vegetales más bonitos de la región.

El gallo cantaba y aquel viejo hombre ya estaba listo para la faena, su esposa alistaba las ollas para ordeñar a la vaca y recolectar los huevos del gallinero, su hijo mayor, un joven que iniciaba su mayoría de edad, el cual la idea de ir a la ciudad a conocer  otras cosas del mundo le entró por la cabeza.

Amigos de su infancia, seguido le hablaban de una ciudad con grandes edificios, luces de muchos colores por las noches y sin contar los centros nocturnos de la zona, acompañado de geishas, Zake y demás comodidades.

El joven se levantaba ya siendo casi las 10 de la mañana, algo muy tarde para un agricultor, donde la jornada inicia antes de rayar el alba.

Solo se sentaba a fumar, tomar té y contemplar a lo lejos como su padre en un sol radiante, rascaba la tierra sacando la hierba mala de aquel hermoso huerto.

Un buen día el joven miró esas increíbles zanahorias y pensó a sus adentros, ¿Por qué no vender las legumbres en la ciudad? Así con lo de la venta podré experimentar todo lo que mis amigos me dijeron.

A la mañana siguiente lo inaudito, el viejo se levanta como de costumbre a sus labores y vio a su hijo muy afanado preparando la carreta y arreglando un par de bueyes para hacer la azaña.

¿Qué haces hijo?, papá creo que deberíamos adentrarnos hacer algo grandioso, en lugar de llevar las legumbres a la plaza local ¿qué te parece si vamos a la ciudad y las vendemos?

El viejo miro al joven con ese ímpetu que jamás le había visto de querer ayudar a su padre y le dijo está bien, vayamos a la ciudad, el joven hacía cuentas en su cabeza, “si nos vamos toda la mañana podremos pernoctar en las montañas y estaremos bajando a la ciudad muy temprano, logrando nosotros poner el precio por ser los primeros  en el mercado y con esta calidad de vegetales sin duda lo lograremos”.

El viejo lo mira a los ojos y le dice, me encanta la ciudad, hace rato no voy para allá, es buena idea vayamos.. Pero aún no, primero déjame que se me pasé un poco el frío.

El joven se dirigió a la huerta a comenzar la cosecha y en cada vegetal que sustraía de la tierra, un pensamiento, ¿cuánto nos darán por este?, ¿me alcanzará para una geisha?, ¿será que podré comprarme una bata de seda?

Tarde se le hacía para ponerse en camino, poco a poco fue llevando los vegetales aquella vieja carreta, rayaba el sol al oriente cuando ya desesperado le decía a su padre, Muévete papá, vámonos que se nos hace tarde..

¿No privaras a un viejo de tomar su té?, el señor se sentó en un viejo sillón, encendió su vieja pipa y se dispuso a fumar tabaco y a tomar su té, sin prisas, muy despacio.

El joven ya tenía listos los bueyes en aquella carreta.  Vaaaaamonooos papaaaaaaá, no paraba de gritar. El viejo se despide de su esposa y le dice, vamos a la ciudad, regresaremos en un par de días.

Se subieron padre e hijo en aquella carreta, el viejo platicaba con los bueyes al ver que su hijo estaba muy impaciente por llegar, en cada lento paso que daban los animales el viejito les recordaba que hacía algunos años habían hecho juntos esa misma travesía.

El joven no aguantó más y le dice, dame a mí las riendas que yo voy a dirigir, hemos perdido casi toda la mañana con estos bueyes araganes, ahorita debiésemos estar pasando la colina grande.

El viejo se acomodó atrás junto algunos vegetales, se tapó con un pedazo de cobija y se dispuso a dormir un poco.

Al ratito de haber quedado dormido  un bache movió toda la carreta y lo despertó, y pregunta ¿Por qué vamos tan rápido?, el joven no paraba de gritarle a los bueyes y darles con un fuete. “Apúrense haraganes que llegamos tarde” zaaz el azote del fuete al lomo del buey.

Cuando se disponía arremeter contra el otro animal el viejo lo toma de la mano y le dice, no lo maltrates, a veces los viejos necesitamos saber dónde pisaremos antes de dar el siguiente paso.

Pero papá, estos bueyes son muy lentos ya pasamos medio día.

El viejo pregunta sorprendido ¿Cómo? ¿Medio día?  Así es, dice el joven.

Pues entonces paremos bajo ese gran árbol, pues es hora de nuestros alimentos.

Paro papá, nunca llegaremos.

Lo siento, es hora de nuestros alimentos, ve a buscar leña para hacer la fogata.

El joven regreso al lugar y no encontró a su padre, muy molesto comenzó a cuestionar, ¿Dónde está?, ¿para dónde fue? ¿Qué se le ocurrió?

Era tanta la rabia del joven que no podía contener el rostro, a leguas se le notaba su malestar, su rostro expresaba descontento por aquella parada.

El joven hizo la hoguera y escucho crepitar la hojarasca, era su padre que venía con una vieja tetera, una olla con agua y un viejecito del brazo que venía riendo con él.

Hijo te presento a Osuki, un viejo amigo que hacía rato que no veía, pasaba por aquí y nos acompañará a comer y disfrutar un poco de té.

La cara del hijo explotaba de coraje, veía como el tiempo pasaba, no logrando siquiera llegar a la colina grande.

Entre té, tabaco, los vegetales hervidos y algo de carne que su esposa le dio para el camino transcurrió parte de la tarde.

Se despidió el amigo y volvieron a al camino en su vieja carreta, el viejo dice, llevamos rato y no me has dirigido ni una palabra.

El joven con la cara amarrada le dice, no hay nada de qué hablar.

Pues háblame de lo que has visto del paisaje entonces.

El joven le dice, solo he visto yerba, y como vamos perdiendo tiempo al entrar por la pradera y no haber tomado los riscos.

El viejo le dice, Pero hijo  a mi edad es maravilloso contemplar lo verde de los prados, ¿viste esa mariposa tan grande que se posó en el cuerno del toro?, ¿a que te perdiste como aquellas blancas garzas pescaban a la orilla del lago?, sin contar el sonido de tantos pajaritos nos acompañaban durante el trayecto, hijo mío debes comprender que la desesperación trae frustración y después viene el enojo, este señor oscurece el alma y luego no te permite visualizar las cosas bellas que hay a tu alrededor.

El joven aun serio y molesto, solo contemplaba como comienza a girar la carreta  rumbo a un pequeño poblado.. 

A donde vamos ahora papá, ya casi caerá el sol y debemos estar muy temprano en la ciudad, nunca vamos a llegar.

El viejo le dice, vamos a ver a mi prima Sakuri, hace años no se de ella.

El rostro del joven se enfureció más de lo que estaba y solo lo agachó a renegar en pequeños murmullos.

Al llegar al poblado, muchos niños caminaban junto a la carreta y les daban la bienvenida hasta llegar a la casa de la abuela.

Salió una viejecita al encuentro y al ver a su primo, lo abrazo y lloraron juntos, el joven no conocía a esta familiar.

La viejita mando a decir a toda su familia que estaban de fiesta por la llegada de su primo, maten al cerdo gordo para festejar su llegada; dijo la viejita.

El joven le dice, no, no por favor, vamos solo de paso, vamos a la ciudad y no queremos que ustedes se molesten.

Molestia, mi primo nunca ha sido una molestia para mí, ya estamos en el 45 y no había vuelto a ver a tu padre. Preparen todo y busquen alojamiento, denle agua a las bestias y llévenlos al corral.

El joven estaba tan frustrado que no le quedo más que esperar la cena y escuchar las hazañas que un par de viejos contaban a un gran número de personas reunidas alrededor de una fogata.

Entre risas y canciones el joven se retiró a dormir, no rayaba el sol cuando se levantó para continuar el viaje, en el pasillo se encuentra a otro joven que le dice, primo, que bueno que te levantaste, vayamos aquí abajito a traer algo para el desayuno, el joven le dice, no te preocupes nosotros ya nos vamos.

La viejita que estaba muy afanosa en la cocina lo escuchó y le dice, ¿otra veeez? Nadie se va de mi casa y sin desayunar, acompaña a yoki aquí abajito.

El joven solo inclinó el rostro y salió con el primo, toda la casa estaba de fiesta por la llegada de ellos, desayunaron y el joven dice, ahora si hemos desayunado y creo que es hora de partir, a mi padre y a mí nos resta mucho tiempo.

Un momento dice la viejita, antes de partir, tu padre debe saber que su hermano viene en camino y llegará en un par de horas.

¿Cómo?, ¿Me iré y sin ver a mi hermano?, mala sangre he de tener si hago eso, acomódate que no me voy de aquí sin hablar con él.

El joven salió de ese lugar enojado, frustrado, echando chispas y preguntándose, ¿Por qué vine con mi padre?

La llegada del tío fue muy similar, hablaron, bebieron, fumaron y todos se durmieron ya muy noche.

Muy temprano el joven aun acostado  escuchaba cantar el gallo, pero ahora ya sin tanta emoción se levantó para ver con que sorpresa amanecía, cuál fue su sorpresa al ver que ya la familia había alistado la carreta con los bueyes y estaban listos para partir.

El viejo ya estaba listo, se despidieron y tomaron el camino, el viejo se le veía feliz muy contento por esos días de felicidad, mientras el joven no paraba en recriminarle a su papá,  "si no fuera por ti, a esta hora estaríamos en el mercado",  ataríamos poniendo el precio a los productos.

No te apures hijo, ya llegaremos, el mercado nunca cambia de lugar,  pasaron las horas, iban ya por las laderas cuando a lo lejos vieron a un hombre que venía caminando.

¿A dónde va buen hombre? El viejo preguntó

Pues mi carreta se quedó atorada en el lodo y no sé qué hacer para sacarla, tranquilo, nosotros le ayudamos, ¿a dónde la tiene?. El joven no aguantó y se le salía el llanto de la rabia, ¿papá ya vista la hora?, no me importa hijo, que tal si fuéramos nosotros los que estuviésemos en esa situación.
Tal vez un día tengas un problema o situación similar y cuando te ayuden, recordaras este día.
Llegaron al lugar, le pusieron los lazos al yugo y jalaron con los otros bueyes así alcanzaron a sacar aquella carreta atascada.

El señor estaba muy contento, y les preguntó, ¿a dónde van? El viejo contestó, vamos a la ciudad, mi hijo quiere vender los vegetales en el mercado, pues entonces síganme que les daré una ruta mas corta para que se ahorren un par de horas, con suerte podrán llegar a medio día.

El hijo al escuchar eso, solo rechinaba los dientes y se decía, ahorita yo hubiese estado allí.

Llegaron a donde el camino se divide y les dicen, sigan por allí que pronto llegarán son casi las once, a buen paso llegaran a medio día, en eso un gran relámpago ilumino todo el cielo, la sombra reflejo en el piso, el viejo dijo, viene el temporal, no cabe duda, el estruendoso ruido cimbro todo aquel valle, vayamos antes que nos alcance el agua.

El sol dejó de brillar, el cielo se oscureció, la brisa no soplaba y el viejito decía, este temporal no trae agua, lo sabré yo que conozco sus aromas.

El hijo no le dirigía la palabra a su padre, el viejo estaba sentido que su hijo no lo determinaba

El hijo solo se limitaba a decirle, ahorita yo estaría en el mercado, si no fuera por ti.

Hijo, a mi edad ya no importa el llegar tarde o llegar temprano, me conformo con llegar con bien a mi destino.

Pasaron varios  minutos de camino y llegaron a la colina, ambos se quedaron impávidos viendo desde allí la gran ciudad, ninguno de los dos se movía, solo observaban en silencio y por mucho tiempo.

El hijo abrazo a su padre, lo beso y le dijo,   si no fuera por ti ahorita yo estaría en el mercado.

Y yo a tu lado hijo, y yo a tu lado.

El viejo abrazo a su hijo, le dieron la vuelta a la carreta, y dejaron de contemplar lo que quedaba de una gran ciudad cubierta de humo y llamas  llamada Hiroshima.

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